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Samy, la Salamandra albina

Es sorprendente, porque no me pides cuentos para dormir, sino tal vez para mantener el insomnio. Lo cierto es que me enredo en mis historias. La última vez me asomé por medio Oriente en un pasaje que nunca terminó, posteriormente la granja en medio de una peste, al más fiel estilo de Camus, pero con un vendedor de huevos que padece junto al autor buscando un final por lo menos aceptable. El científico que quería ser grande y se hizo pequeño. Algunas veces los cuentos saltan, casi con la misma fuerza en que saltan tus ojos enormes; hay momentos en que los cuentos brincan como pulgas en esos espacios insospechados.

Ayer amiga, vi una salamandra blanca, justo cuando cruzaba la pista, eso no me lo vas a creer, porque la vi con su mirada tierna caminando como sonámbula, despreocupada, cruzar la pista con toda la parsimonia que tienen estos anfibios. Estiraba su pata como desperezándose y la botaba hacia adelante con el ademán de un gato juguetón.

Quién sabe cuanta lástima me dio, nunca me habían importado tanto esos animalitos, pero es que no era cualquier animal, era una salamandra blanca. Grité, prácticamente me abalancé delante de la camioneta que iba a atropellarla. Lo juro, no es drama como tú siempre dices. Soporté los insultos, vaya que insultos y lentamente me incliné a observar debajo de la rueda, ahí estaba Samy, la salamandra blanca tendida a unos cuantos milímetros de topar el caucho de la rueda, tumbada; prácticamente se había tirado al abandono, seguro quiso suicidarse, quién sabe. La levanté y se la enseñé al conductor que volvió a insultarme antes de pisar el acelerador y largarse rabiando. Nunca había tenido una salamandra blanca en mis manos, y menos una tan gordita y tierna como esta, parecía que quería dormir, se acurrucó.

 No lo pensé mucho, es que a mí no me gustaron mucho esto de tener mascotas, es que no he sabido cuidarlas, no puedo ni con mi vida, menos habría podido con Samy. Crucé otra vez la calle y fui hasta el parque, este que está cerca de la hamburguesería, disimuladamente busqué un arbusto medianamente frondoso y me dispuse a dejarla ahí; pero ella se aferró, se sujetó de las mangas de la chompa y yo por más que la sacudí varias veces no logré zafarla. ¡Basta, Basta Bastaaaa! Me dijo. Carajo, sí que me asusté, la salamandra hablaba así como un cuchicheo vibratorio, como el sonido de un grillo pero que pronunciaba palabras humanas. Qué rara sensación y te puedo jurar que hace mucho tiempo que no tengo nada que ver con las drogas, es decir estaba cuerdo. Así que con ambas manos me la saqué de encima y prácticamente la tire por el arbusto, no vi ni como cayó la pobrecita, pero yo escuché el plum nomás.

Me sacudí las manos y caminé aceleradamente porque en serio, a este tipos de trastornos como que no hay que darle mucha importancia. Lo cierto es que aceleré aún más los pasos, ya había cruzado la calle, llegué hasta la esquina de la casa, metí las manos al bolsillo para buscar las llaves, me acordé del suplicio que significa subir las escaleras de los Santa María hasta el tercer piso. Me acordé un poco de ti. De pronto otra vez la voz, ¡Mierda me había seguido!, Quién sabe cómo lo hizo. ¡Espera, espera, no me dejes sola! Me dijo, se colgó del poste para ponerse a mi altura y tratar de mirarme a los ojos, ¡Yo te puedo ayudar con las historias, si ella quiere cuentos, pues entonces yo te ayudo, soy escritora! Me dijo agitada la salamandra. Me llamo Samy. Hasta ahora no me ha explicado cómo es que ella sabía de ti, seguro sabe leer la mente.

Bueno, ahora tengo una compañera de sangre muy fría que revisa mis textos, es mucho más fría que Tulsi Daniela y mucho más bullanguera que Juan Luján. Los Santa María aún no saben que ahora tengo una conviviente, pero ya se enterarán, le he pedido que estos días hable bajito, si es posible a mi oído para no levantar sospechas. Samy me ha dicho que ha escrito un poema para ti.

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